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Sermón de la Ascensión.

El camino del cielo trazado por Jesucristo (Sin fecha)

Destruido el pecado, vencido el infierno, redimido el hombre, Jesucristo Nuestro Señor deja la tierra y sube a tomar posesión del Reino celestial que con su Sangre había conquistado.

Subió desde la cumbre del Monte Olivete, presenciándolo su Madre Santísima y sus caros amigos, acompañándole innumerables almas, obsequiándole ejércitos de ángeles, mostrándose toda la corte celestial, recibiéndole con infinito gozo su Eterno Padre.

Su ausencia produce tristeza, pero su promesa nos consuela; al subir por los aires nos repite en su pensamiento y en su corazón aquellas dulcísimas palabras, poco ha, dichas a sus apóstoles: Hijos míos: es verdad que os dejo, pero no por esto debéis angustiaros; porque si ahora no podéis venir conmigo, vendréis en un día no lejano: Non turbetur cor vestrum.

Alegraos, porque me adelanto a prepararos el lugar que corresponde a cada uno de vosotros: Quia vado parare vobis locum.

Sí, voy a prepararos el lugar, y después de que os lo tenga preparado, vendré otra vez, os tomaré asimismo y haré que estéis donde yo estoy.

Palabras llenas de consuelo. ¡Palabras que debieran inundar nuestra alma de alegría y esperanza!

Es en verdad justa y fundada esta consoladora esperanza; pero contando siempre con nuestra cooperación.

Jesús promete el Reino de los cielos, pero con las mismas condiciones que el Padre se lo prometió a Él. Pues no han de ser los discípulos de mejor condición que el Maestro.

Jesús subió al cielo por el camino de la cruz, por el camino de los padecimientos: Nonne haec oportuit Christum patui et ita intrare inglloriam suam?

Este es también el camino que nos trazó a nosotros; esta la senda que debemos seguir; sube delante de nosotros abriéndonos el camino con su ejemplo.

Quien quiera, pues, acompañarle en la gloria, acompáñele en los padecimientos; quien aspire a subir con Jesús al cielo, sígale en el camino de la cruz: Qui vult venire post me, tollat crucem suam.

Así habla Jesucristo; la condición que nos pone para ir al cielo es que padezcamos como Él; esta condición es indispensable, justa y suave: He aquí lo que con la gracia del Señor vamos a considerar brevemente; pidamos esta gracia por mediación de la Virgen. Ave María.

Todos deseáis acompañar a Jesucristo al cielo, todos aspiramos a obtener un lugar en el Reino de este HOMBRE DIOS.

¡Noble aspiración! ¡Digna de las almas cristianas destinadas a ser eternamente dichosas!